Con mucho desconcierto y aun con impacto he visto y escuchado historias de docentes profesores que se alejan mucho de una concepción de modelo, tanto humana, profesional, ética, criterial y de guía hacia quienes son los que deben orientar, acoger y guiar en su crecimiento físico, cognitivo y psicosocial; escuchar profesores que se refieren a sus alumnos a porquerías, basuras, improperios que no es menester repetir y que cualquier gestión o acción por sacarlos y orientarlos hacia una educación de calidad y que esta es una forma de lograr la movilidad social para cambiar sus vidas es una batalla perdida la cual no vale luchar; profesores que ante los cambios generacionales se enfrentan a punta de ego, altanería y el apego a su cosmovisión de semidioses, que dicta mucho de los miedos y temores que rondan día a día por sus mentes, al no poder reconocer y realizar una introspección de sus fortalezas y mas aun de sus debilidades elocuentes en su actuar diario, la cual no se aleja de los dichos de Davini, (1994) sobre lo que el llamaba la “agonía académica”; alejándose del rol del docente, el cual debe ser un transformador social y democratizador en la escuela, llevado mas allá por Henry Giroux (1999), quien plantea que:“Los profesores son intelectuales transformativos, quienes han de potenciar habilidades y conocimientos necesarios para los estudiantes para que estos puedan luchar contra las injusticias y convertirse así en actores críticos en un mundo sin opresiones ni explotación.”
Pero hemos visto que nuestra realidad se basa solo en el pensamiento de una docencia arcaica, donde muchos se esmeran en convertir a sus alumnos en entes pasivos que en el mejor de los casos no han de cuestionar ningún saber, aun cuando muchos de nuestros jóvenes y niños reconocen los errores, inexactitud, charlatanería y otros casos la parodia de actores de muchos de quienes han de llamar profesor; lo cual solo denota su falta de conocimientos y mas aun se mediocridad y su total desconocimiento de los paradigmas que le acompañan, a lo cual solo se cierran sin reconocer que los días de que “las letras a sangre entran” se han acabado; pero en este bagaje existe la esperanza de que muchos otros miran el futuro, reconocen sus limitaciones y se aferran al ser mejores a cada momento, esforzándose fuera de sus horarios de trabajo, dejando familias y la comodidad del hogar para entrar de nuevo a un aula y nutrirse de aquello que ellos reconocen como pasión por enseñar; el “aprender a aprender”, frase muy difícil para algunos.
Nuestros jóvenes como alguien dijo, están ávidos de aprender, pero de aprender con un modelo que los vea como seres humanos, como pares en un proceso de crecimiento intelectual, que sea significativo para sus historias personales y que puedan replicar en su ambiente social, no basta solo con ver a nuestros jóvenes y niños como recipientes los cuales hay que llenar de conocimientos ojala hasta el tope, sino saben darle un sentido dentro de sus vidas; el hacerle comprender que es una persona valiosa, útil y que podemos aprender desde su tan corta experiencia en la vida. El reto radica en asimilar que educar es establecer una relación con los alumnos, hacerlo participe de su aprender, que se cuestione su formación, investigue; que asuma su autocontrol y autonomía, tarea nada fácil para ellos y mucho mas para quien le guía quien debe ser el primero en cuestionarse su formación, valorarse, reforzar sus falencias y preguntarse si esta listo para la docencia, y como dice Feldman (2004), la acción del profesor no es puramente instrumental, hay que asumir que los profesores son seres humanos que mediatizan y construyen la realidad sobre la base de las teorías que disponen.
La motivación, el ambiente escolar, y todo el aprendizaje se generan desde la postura del profesor, el ser capaz de separar nuestros problemas diarios de la vida profesional es un ejercicio diario de superación y más aun de un alto valor ético, moral y de compromiso.
“Enseñar es más difícil aún que aprender… y por qué es más difícil enseñar que aprender? No porque el maestro deba contar con un mayor caudal de información y tenerlo siempre preparado. Enseñar es más difícil que aprender porque lo que el enseñar exige es esto: permitir que se aprenda. Martin Heidegger (1958)
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